Por primera vez ______ no supo qué contestar, pero en su fuero interno sentía vergüenza e ira. Era imposible detener a Tom, lo sabía, pero tenía la intención de contar cada penique para devolvérselo uno a uno, aunque tuviera que despedirse de todos sus ahorros.
—¿Más objeciones?—inquirió Tom con amabilidad—. Bien, porque te aseguro, ______, que estoy decidido a llevar a cabo mis planes, aunque tenga que vestirte y desvestirte yo mismo, personalmente, para conseguirlo. Y no te confundas, cuando lleguemos a Aphrodite parecerás mi novia.
Media hora más tarde, mientras
recorrían la autopista a toda velocidad, ______ cayó en la cuenta de que, con
tanto discutir sobre cómo debía vestirse, había olvidado algo mucho más
importante: negociar con Tom cómo iban a pasar la noche. ¿Pero había acaso algo que temer? No desde luego, el
hecho de que Tom pretendiera hacer ciertos avances sexuales sobre ella. Después
de todo, le había dejado perfectamente claro lo que pensaba sobre su moral.
______ era demasiado orgullosa como para confesar que le producía aprensión compartir con él la intimidad de un apartamento. En la isla, sin embargo, todo sería diferente. Estarían con su familia y con los sirvientes que, según Tom, cuidaban de la majestuosa mansión. No, era mejor no decir nada, no exponerse a sus burlas y a su desprecio.
______ era demasiado orgullosa como para confesar que le producía aprensión compartir con él la intimidad de un apartamento. En la isla, sin embargo, todo sería diferente. Estarían con su familia y con los sirvientes que, según Tom, cuidaban de la majestuosa mansión. No, era mejor no decir nada, no exponerse a sus burlas y a su desprecio.
Caroline daba golpecitos impacientes
sobre el asfalto con el caro zapato de diseño mientras esperaba a que el chófer
metiera las maletas en la limusina alquilada. Se había puesto en marcha en el
mismo instante de enterarse de que Tom estaba a punto de llevar a su novia a
Aphrodite para conocer oficialmente a la familia. Por suerte, un compromiso no
era exactamente lo mismo que una boda, y ella estaba dispuesta a hacer cuanto
pudiera para evitar que ese compromiso, en concreto, llegara a su fin.
Conocía las razones por las que lo hacía Tom, por supuesto. Al fin y al cabo, él era griego hasta la médula, por mucho que insistiera siempre en que por sus venas corría sangre inglesa. Y, como griego que era, como hombre, en definitiva, necesitaba sentirse en pleno dominio de su propia vida.
El hecho de que gritara a los cuatro vientos que estaba enamorado de otra mujer era, sencillamente, su modo de demostrar que poseía ese dominio, ese control. Era su modo de negarse a ceder ante su abuelo, de demostrarle que no estaba dispuesto a acceder a una unión tan querida para él. Y para ella.
La limusina arrancó, y Carroline dio la dirección de un lujoso bloque de apartamentos con vistas al río. Ella no tenía casa en Londres, prefería la vida social de Nueva York o las tiendas de París.
Tom quizá pensara que había logrado desanimarla anunciando ese compromiso con una inglesita de sangre fría y poco appeal, pero Caroline estaba dispuesta a acabar con esas relaciones cuanto antes, a demostrarle dónde estaban sus verdaderos intereses. Al fin y al cabo, ¿cómo iba a poder resistírsele? Ella poseía todo aquello lo que él podía desear en una mujer, y él, desde luego, tenía todo lo que ella deseaba en un hombre.
Era una lástima que Tom hubiera logrado evitar que ella pujara más alto por la cadena de hoteles recientemente adquirida. Para ella, poseer esa cadena no significaba en realidad nada, pero podía llegar a ser un excelente anzuelo con que cazarlo a él, ya que en tanto lo valoraba. ¿Por qué quería comprarlo? Eso Caroline era incapaz de comprenderlo. Lo cierto era que, en muchos sentidos, Caroline no alcanzaba a comprender a Tom, pero esa era una de las razones por las que le resultaba tan atractivo. Caroline siempre se había empeñado en tener aquello que estaba fuera de su alcance.
La primera vez que se dio cuenta de que deseaba a Tom había sido cuando él tenía quince años y ella estaba a punto de casarse. Caroline sonrió solo de recordarlo. Con quince años, aunque todavía un niño, Tom era tan alto como un hombre, tenía un cuerpo perfecto y un rostro increíblemente bien parecido. Solo de mirarlo se había derretido.
Caroline había hecho todo cuanto estaba en su mano para seducirlo, pero él había logrado resistírsele y, después, en el plazo de un mes, aún a sabiendas de que seguía deseándolo, ella se había casado con otro.
Con veintidós años no se podía decir que fuera una novia joven, según los cánones griegos. Por eso había perseguido insistentemente a su futuro marido. Él era diez años mayor que ella, e inmensamente rico. Juntos habían jugado al perro y al gato durante un año hasta que, por fin, él había recapitulado. Caroline jamás habría cedido tras una lucha tan larga y ardua, ni siquiera a causa de su pasión por Tom que, al fin y al cabo, era solo un niño.
Pero entonces el azar, el destino había intervenido. Su marido murió repentinamente y ella se quedó viuda. Era una viuda muy rica, rica y muy sedienta de sexo. Y, por fin, Tom se había convertido en un hombre. ¡Y qué hombre! Lo único que los separaba era el orgullo de Tom. Tenía que ser eso. ¿Qué otras razones podía tener él para resistirse a sus encantos?
Conocía las razones por las que lo hacía Tom, por supuesto. Al fin y al cabo, él era griego hasta la médula, por mucho que insistiera siempre en que por sus venas corría sangre inglesa. Y, como griego que era, como hombre, en definitiva, necesitaba sentirse en pleno dominio de su propia vida.
El hecho de que gritara a los cuatro vientos que estaba enamorado de otra mujer era, sencillamente, su modo de demostrar que poseía ese dominio, ese control. Era su modo de negarse a ceder ante su abuelo, de demostrarle que no estaba dispuesto a acceder a una unión tan querida para él. Y para ella.
La limusina arrancó, y Carroline dio la dirección de un lujoso bloque de apartamentos con vistas al río. Ella no tenía casa en Londres, prefería la vida social de Nueva York o las tiendas de París.
Tom quizá pensara que había logrado desanimarla anunciando ese compromiso con una inglesita de sangre fría y poco appeal, pero Caroline estaba dispuesta a acabar con esas relaciones cuanto antes, a demostrarle dónde estaban sus verdaderos intereses. Al fin y al cabo, ¿cómo iba a poder resistírsele? Ella poseía todo aquello lo que él podía desear en una mujer, y él, desde luego, tenía todo lo que ella deseaba en un hombre.
Era una lástima que Tom hubiera logrado evitar que ella pujara más alto por la cadena de hoteles recientemente adquirida. Para ella, poseer esa cadena no significaba en realidad nada, pero podía llegar a ser un excelente anzuelo con que cazarlo a él, ya que en tanto lo valoraba. ¿Por qué quería comprarlo? Eso Caroline era incapaz de comprenderlo. Lo cierto era que, en muchos sentidos, Caroline no alcanzaba a comprender a Tom, pero esa era una de las razones por las que le resultaba tan atractivo. Caroline siempre se había empeñado en tener aquello que estaba fuera de su alcance.
La primera vez que se dio cuenta de que deseaba a Tom había sido cuando él tenía quince años y ella estaba a punto de casarse. Caroline sonrió solo de recordarlo. Con quince años, aunque todavía un niño, Tom era tan alto como un hombre, tenía un cuerpo perfecto y un rostro increíblemente bien parecido. Solo de mirarlo se había derretido.
Caroline había hecho todo cuanto estaba en su mano para seducirlo, pero él había logrado resistírsele y, después, en el plazo de un mes, aún a sabiendas de que seguía deseándolo, ella se había casado con otro.
Con veintidós años no se podía decir que fuera una novia joven, según los cánones griegos. Por eso había perseguido insistentemente a su futuro marido. Él era diez años mayor que ella, e inmensamente rico. Juntos habían jugado al perro y al gato durante un año hasta que, por fin, él había recapitulado. Caroline jamás habría cedido tras una lucha tan larga y ardua, ni siquiera a causa de su pasión por Tom que, al fin y al cabo, era solo un niño.
Pero entonces el azar, el destino había intervenido. Su marido murió repentinamente y ella se quedó viuda. Era una viuda muy rica, rica y muy sedienta de sexo. Y, por fin, Tom se había convertido en un hombre. ¡Y qué hombre! Lo único que los separaba era el orgullo de Tom. Tenía que ser eso. ¿Qué otras razones podía tener él para resistirse a sus encantos?
Capitulo 17
La limusina se detuvo frente al bloque de apartamentos y Caroline se miró al espejo del Rolls. La operación de cirugía estética que se había hecho el año pasado para alisarse la piel y deshacerse de la grasa sobrante bien valía el precio que había pagado. Podía pasar perfectamente por una mujer de treinta años. Llevaba el pelo moreno cortado a la última moda en la mejor de las peluquerías, el cutis brillante e hidratado con los productos más caros, el maquillaje perfecto e inmaculado, destacando sus ojos negros, y las uñas de los pies y manos brillantes con laca de uñas rojo oscuro. Una sonrisa de satisfacción curvó sus labios. No, era imposible que una simple chica de oficina, una muchachita de la que, oficialmente, se había enamorado durante las negociaciones para la compra de la cadena de hoteles, pudiera competir con ella. La expresión de los ojos de Caroline se hizo más severa. Esa chica, quien quiera que fuese, comprendería pronto el error que había cometido tratando de reclamar al hombre que ella deseaba. Un tremendo error. Caroline salió de la limusina dejando tras ella el rastro del perfume que ordenaba preparar en París única y exclusivamente para ella, un perfume denso, pesado, con un aura sexy a musgo. Sus hijas, ya adolescentes, lo detestaban, le rogaban constantemente que cambiara de perfume, pero Caroline no tenía ninguna intención de hacerlo. Aquella fragancia era como su firma, la esencia de sí misma como mujer. La aburrida novia inglesa de Tom, indudablemente, llevaría insípida agua de lavanda.
La limusina se detuvo frente al bloque de apartamentos y Caroline se miró al espejo del Rolls. La operación de cirugía estética que se había hecho el año pasado para alisarse la piel y deshacerse de la grasa sobrante bien valía el precio que había pagado. Podía pasar perfectamente por una mujer de treinta años. Llevaba el pelo moreno cortado a la última moda en la mejor de las peluquerías, el cutis brillante e hidratado con los productos más caros, el maquillaje perfecto e inmaculado, destacando sus ojos negros, y las uñas de los pies y manos brillantes con laca de uñas rojo oscuro. Una sonrisa de satisfacción curvó sus labios. No, era imposible que una simple chica de oficina, una muchachita de la que, oficialmente, se había enamorado durante las negociaciones para la compra de la cadena de hoteles, pudiera competir con ella. La expresión de los ojos de Caroline se hizo más severa. Esa chica, quien quiera que fuese, comprendería pronto el error que había cometido tratando de reclamar al hombre que ella deseaba. Un tremendo error. Caroline salió de la limusina dejando tras ella el rastro del perfume que ordenaba preparar en París única y exclusivamente para ella, un perfume denso, pesado, con un aura sexy a musgo. Sus hijas, ya adolescentes, lo detestaban, le rogaban constantemente que cambiara de perfume, pero Caroline no tenía ninguna intención de hacerlo. Aquella fragancia era como su firma, la esencia de sí misma como mujer. La aburrida novia inglesa de Tom, indudablemente, llevaría insípida agua de lavanda.
—Dejaré aquí el coche—dijo Tom
deteniendo el Mercedes en el aparcamiento de un carísimo centro comercial,
justo en el centro de la ciudad. ______ abrió los ojos incrédula al ver el
precio a que se cobraba la hora de aparcamiento. Ella jamás habría soñado pagar
tanto dinero por aparcar, pero los ricos, según parecía, eran diferentes. Hasta
qué punto eran diferentes, eso lo comprendió ______ a lo largo de aquella
tarde, mientras Tom la arrastraba de tienda en tienda, a cual más lujosa. En
cada una de ellas la presencia de Tom producía en los empleados el tipo de comportamiento
reverente que ______ había imaginado. Admiración por parte de las mujeres,
especulación sobre su reacción ante los distintos trajes que iban sacando para
su inspección... Su inspección, no la de ella, comprendió _______ con creciente
resentimiento y frustración.
—Yo no soy una niña ni una muñeca—explotó por
fin ______ al salir de una de las tiendas, tras negarse a probarse un traje de
pantalón beis que, según la vendedora, era perfecto para ella.
—¿No? Pues desde luego estás haciendo una imitación perfecta—replicó Tom—. Ese traje era...
—¡Ese traje costaba más de mil libras!—lo interrumpió _______—. ¡Es imposible que pueda pagar jamás ese precio por un traje.. ni siquiera por mi traje de novia!—Tom se echó a reír—. ¿Qué es lo que te resulta tan divertido?
—Tú—contestó él—. Mi querida ______, ¿tienes idea del tipo de vestido de novia que te van a dar por menos de mil libras?
—No, ni idea—admitió _______—, pero lo que sí sé es que jamás me sentiré cómoda llevando una ropa que cuesta lo mismo que alimentar a todo un país, aunque sea pequeño. Además, llevar un vestido de novia caro no es garantía de que el matrimonio vaya a tener éxito.
—Ahórrate las lecciones de moralidad—la interrumpió Tom enfadado—. ¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez cuánta gente se quedaría sin trabajo si todo el mundo fuera por ahí con sacos en lugar de trajes y vestidos, como a ti te gusta?
—Eso no es justo—se defendió ______—. No sé por qué insistes tanto en ir de compras, yo no necesito ropa. Ya te lo he dicho. Y, desde luego, no hace ninguna falta que vayas por ahí alardeando de tu dinero para impresionarme.
—No, ni a ti ni a nadie—la interrumpió Tom—. Soy un hombre de negocios, ______. Yo no voy por ahí alardeando de mi dinero ante nadie, por ninguna razón, y menos aún ante una mujer a la que podría comprar por la mitad del precio de ese traje que has rechazado. ¡Oh no, de eso nada!—añadió en tono de advertencia, con voz de seda, alargando una mano para agarrar la de ella, que _______ había levantado automáticamente.
—¿No? Pues desde luego estás haciendo una imitación perfecta—replicó Tom—. Ese traje era...
—¡Ese traje costaba más de mil libras!—lo interrumpió _______—. ¡Es imposible que pueda pagar jamás ese precio por un traje.. ni siquiera por mi traje de novia!—Tom se echó a reír—. ¿Qué es lo que te resulta tan divertido?
—Tú—contestó él—. Mi querida ______, ¿tienes idea del tipo de vestido de novia que te van a dar por menos de mil libras?
—No, ni idea—admitió _______—, pero lo que sí sé es que jamás me sentiré cómoda llevando una ropa que cuesta lo mismo que alimentar a todo un país, aunque sea pequeño. Además, llevar un vestido de novia caro no es garantía de que el matrimonio vaya a tener éxito.
—Ahórrate las lecciones de moralidad—la interrumpió Tom enfadado—. ¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez cuánta gente se quedaría sin trabajo si todo el mundo fuera por ahí con sacos en lugar de trajes y vestidos, como a ti te gusta?
—Eso no es justo—se defendió ______—. No sé por qué insistes tanto en ir de compras, yo no necesito ropa. Ya te lo he dicho. Y, desde luego, no hace ninguna falta que vayas por ahí alardeando de tu dinero para impresionarme.
—No, ni a ti ni a nadie—la interrumpió Tom—. Soy un hombre de negocios, ______. Yo no voy por ahí alardeando de mi dinero ante nadie, por ninguna razón, y menos aún ante una mujer a la que podría comprar por la mitad del precio de ese traje que has rechazado. ¡Oh no, de eso nada!—añadió en tono de advertencia, con voz de seda, alargando una mano para agarrar la de ella, que _______ había levantado automáticamente.
Capitulo 18
Tom la agarraba por la muñeca con tanta fuerza que ______ vio cómo los dedos se le ponían completamente blancos, pero tenía demasiado orgullo como para decirle que le estaba haciendo daño. También tenía demasiado orgullo como para admitir que se había dejado llevar momentáneamente por la ira, y solo cuando comenzó a tambalearse, atónita y pálida de dolor, se dio cuenta Tom de lo que estaba ocurriendo. La soltó y juró en voz baja, y luego comenzó a hacerle un masaje en la muñeca con la intención de restablecer el flujo de sangre.
Tom la agarraba por la muñeca con tanta fuerza que ______ vio cómo los dedos se le ponían completamente blancos, pero tenía demasiado orgullo como para decirle que le estaba haciendo daño. También tenía demasiado orgullo como para admitir que se había dejado llevar momentáneamente por la ira, y solo cuando comenzó a tambalearse, atónita y pálida de dolor, se dio cuenta Tom de lo que estaba ocurriendo. La soltó y juró en voz baja, y luego comenzó a hacerle un masaje en la muñeca con la intención de restablecer el flujo de sangre.
—¿Por qué no me has dicho que te estaba haciendo daño? ¡Tienes los huesos más frágiles que los de un pájaro!
Pero ni aún entonces, mientras él se
inclinaba sobre ella para darle masajes, se ablandó _______ lo suficiente como
para pedirle compasión y clemencia.
—No quería echar a perder el momento,
parecías tan divertido. Es evidente que disfrutas haciéndome daño.
______ se puso tensa al escuchar el
«oooh» que Tom profirió mientras la soltaba. Y más tensa aún cuando vio el
brillo decidido de sus ojos al decir:
—Esto ha ido demasiado lejos, te
estás comportando como una niña. Primero una ramera, y ahora una niña. De ahora
en adelante, solo quiero que interpretes un papel, ______, y sabes muy bien a
cuál me refiero. Te lo advierto, si haces o dices algo que provoque las
sospechas de mi familia, que les haga pensar en lo más mínimo que no estamos
enamorados, te lo haré pagar bien caro. ¿Me comprendes?
—Sí, te comprendo.
—Sí, te comprendo.
—Te estoy hablando muy en serio—volvió a
advertir Tom—. Y te aseguro que no solo no podrás trabajar en la cadena de
empresas Demetrios. Si me fallas, _______, me ocuparé personalmente de que no
puedas trabajar en ningún sitio. Un contable en el que no se puede confiar, que
ha sido despedido por sospechas de robo, no es precisamente el empleado más
solicitado.
—¡No puedes hacer eso!—exclamó ______ con voz débil, pálida, consciente de que era capaz de hacerlo. Lo odiaba... lo odiaba de verdad.
—¡No puedes hacer eso!—exclamó ______ con voz débil, pálida, consciente de que era capaz de hacerlo. Lo odiaba... lo odiaba de verdad.
Cuando, al arrastrarla a la siguiente
tienda, _______ vio la mirada lasciva de la dependienta hacia él, no pudo por menos
de comprender que Tom recibía con una cálida bienvenida aquella mirada. ¡Más
que cálida! Tom no decidió, por fin, que _______ tenía el vestuario que
necesitaba hasta última hora de la tarde. En la última tienda, la vendedora le
procuró a ______ una ropa que ella solo había visto en las revistas. _______
había rechazado todo lo que ella iba sacando, pero en cada ocasión, excepto en
una, Tom había impuesto su criterio. La única vez en que ambos estuvieron de
acuerdo fue cuando la dependienta sacó un bikini que, según ella, era perfecto
para _______. La escasez de tela que debía cubrir sus vergüenzas la hizo abrir
los ojos atónita. Y más aún el precio.
—¡Pero con eso no voy a poder nadar!—había
protestado _______.
—¿Nadar con este bikini?—había repetido la
dependienta, perpleja—. ¡Dios mío, claro que no! Este bikini no es para nadar.
Mira, este es el pareo a juego. ¿A que es divino?
—No, ese no es el tipo de vestimenta que deseo que lleve mi novia—las había interrumpido Tom, añadiendo después, por si _______ no lo había interpretado bien: —______ tiene un cuerpo lo suficientemente llamativo como para no necesitar adornarlo con un bikini propio de una chica de alterne.
—No, ese no es el tipo de vestimenta que deseo que lleve mi novia—las había interrumpido Tom, añadiendo después, por si _______ no lo había interpretado bien: —______ tiene un cuerpo lo suficientemente llamativo como para no necesitar adornarlo con un bikini propio de una chica de alterne.
La dependienta, muy diplomática, no
había insistido. Sencillamente había vuelto con un surtido de bañadores. ______
había elegido el más barato, pero tuvo que conformarse cuando Tom añadió el
pareo correspondiente. Mientras Tom pagaba la cuenta y lo arreglaba todo para
que le mandaran los paquetes a su apartamento, _______ disfrutó de un café que
le ofrecieron en la misma tienda. Quizá fuera por el hecho de que no había
comido nada en todo el día, pero lo cierto era que se sentía desfallecer, tenía
mucha ansiedad. De ningún modo se debía esa sensación a que Tom y ella fueran a
pasar la noche en el mismo apartamento, era imposible. ¿O no?
—Hay un restaurante excelente junto
al apartamento—le informó Tom una vez en el coche, conduciendo—. Pediré que
suban la cena...
—No—protestó ______ de inmediato—, prefiero salir fuera.
—Pues no creo que sea una buena idea—contestó él sencillamente—. Una mujer sola, sobre todo una mujer como tú, atrae la atención de mucha gente y, además, pareces cansada. Yo tengo que salir, y no tengo ni idea de cuándo volveré.
—No—protestó ______ de inmediato—, prefiero salir fuera.
—Pues no creo que sea una buena idea—contestó él sencillamente—. Una mujer sola, sobre todo una mujer como tú, atrae la atención de mucha gente y, además, pareces cansada. Yo tengo que salir, y no tengo ni idea de cuándo volveré.
Capitulo 19
Tom iba a salir. ______ sintió que la noticia la relajaba. Estaba cansada de tanta compra, de calcular las sumas de dinero que le debía a Tom. Era mucho más de lo que hubiera querido. Tanto, que solo de pensarlo se ponía enferma.
_______ siguió a Tom por el aparcamiento hasta el vestíbulo del bloque de viviendas. Hacía falta una llave especial para poner en marcha el ascensor, que subió tan suavemente que ella no se dio ni cuenta.
Tom iba a salir. ______ sintió que la noticia la relajaba. Estaba cansada de tanta compra, de calcular las sumas de dinero que le debía a Tom. Era mucho más de lo que hubiera querido. Tanto, que solo de pensarlo se ponía enferma.
_______ siguió a Tom por el aparcamiento hasta el vestíbulo del bloque de viviendas. Hacía falta una llave especial para poner en marcha el ascensor, que subió tan suavemente que ella no se dio ni cuenta.
—Por aquí—dijo Tom tocándole el brazo
y guiándola hacia una de las puertas.
Tom llevaba su maleta, que dejó en el suelo mientras abría la puerta, obligando a ______ a pasar delante.
LO PRIMERO que sorprendió a ______ del apartamento no fueron los cuadros de arte moderno colgados de las paredes del vestíbulo, sino el olor: un olor a musgo denso, pesado, que le taponó la nariz y la exasperó. No había duda de que Tom era igualmente consciente de ese olor. Él se detuvo un instante y levantó la cabeza como una pantera oliendo el aire.
—¡Demonios... demonios y más demonios!—lo escuchó musitar ______ entre dientes.
Tom llevaba su maleta, que dejó en el suelo mientras abría la puerta, obligando a ______ a pasar delante.
LO PRIMERO que sorprendió a ______ del apartamento no fueron los cuadros de arte moderno colgados de las paredes del vestíbulo, sino el olor: un olor a musgo denso, pesado, que le taponó la nariz y la exasperó. No había duda de que Tom era igualmente consciente de ese olor. Él se detuvo un instante y levantó la cabeza como una pantera oliendo el aire.
—¡Demonios... demonios y más demonios!—lo escuchó musitar ______ entre dientes.
Inmediatamente después, para su asombro, Tom abrió la puerta acristalada que daba al salón y la agarró. Le clavó los dedos en los brazos y le susurró, en tono de advertencia, mientras sus ojos, negros como el azabache, brillaban fijos y autoritarios sobre los de ella:
—¡Por fin solos! Cómo te lo has pasado hoy tomándome el pelo, querida mía. Pero ahora te tengo para mí solo, y voy a darte el castigo que te mereces...
El suave tono de la voz de Tom, tanto como sus palabras, se derramaron sobre ella anulando toda lógica. _______ se agarró a él con un fuerte shock. Entonces su boca se posó sobre la de ella silenciando sus protestas, amoldándola a sus labios, dándoles forma, mimándola, seduciéndola con una habilidad que arruinó todas sus defensas con la misma eficacia que una bomba atómica.
_______ susurró incoherentemente su nombre tratando de decirle que dejara de hacer eso y le diera una explicación, pero sus labios, todos sus sentidos, poco acostumbrados a aquella estimulación tan sensual, negaban todo razonamiento, toda cautela, todo pensamiento que su cerebro quisiera imponer. Al principio se había quedado helada del shock, pero pronto comenzó a derretirse al calor de la pasión, ante la habilidad voraz que demostraba Tom, y sus labios se ablandaron y temblaron en una respuesta desinhibida imprevista.
_______, inconsciente de lo que hacía, comenzó a estrecharme contra él poniéndose de puntillas para colgarse con ardor de su cuello y sentir el placer de sus besos. Sus manos, sobre los brazos de él, acariciaron el duro músculo mientras el corazón se le aceleraba ante la intensidad de lo que estaba sintiendo.
Y si podía oler aquel perfume femenino a musgo, también podía oler la fragancia de Tom. Podía sentir su calor... su pasión... su virilidad... Algo muy dentro de ella, algo que ni siquiera sabía que existía, respondía a él igual que sus labios respondían a los besos...
_______ respondía relajándose en sus brazos por completo, urgiéndolo con su cuerpo a estrecharla con más fuerza, a dejarla sentir el resto de su masculinidad.
Mareada, ______ abrió los ojos que había cerrado al primer contacto de los labios de Tom, estremeciéndose al ver el brillo de sensualidad de su mirada, fija en ella.
Aquello era como montar sobre una vertiginosa montaña rusa que volara por encima de la tierra y en la que pudiera sentir el peligro pero, al mismo tiempo, supiera que estaba a salvo.
HOLA!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPITULOS DE HOY ... 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... HASTA PRONTO Y GRACIAS POR LEER :))
Virgii tienes que subir!
ResponderBorrarNo nos dejes asiiiii..
Subeee..
Uiiii se esta poniendo cada ves mejor ajajajajaaaj
ResponderBorrarSubeeee
No me dejes así virgiii please quede intrigada, me encantoooo espero los próximos caps y xfiiin Tom la beso :)
ResponderBorrarSubeeee quede intrigada virgi
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